keep it

Escribir es surcar los cielos, dejar que la cabeza vuele sin cesar. Es utilizar la palabra para crear, para poder jugar de nuevo, para mori...

El viajero y la luz

Tras un alucinante viaje, éste llegó a su fin. Un fin que hacía falta, que hacía tiempo se avecinaba. Se podría decir que llegó algo tarde, pero como todo, al final llegó.

El viajero, cansado, dedicó sus días a holgazanear, a ver pasar a otros viajeros y entablar conversación con ellos.
- Sal, vuelve a viajar - Decían unos.
Otros le instaban a seguir en su contemplación. Unos pocos simplemente se quedaban con él riendo y haciéndole compañía. Incluso le pidieron que les acompañara en alguna etapa de su viaje, una importante.
Y el lo hizo, y se alegró.

Y aunque el viajero era feliz, seguí siendo un viajero. Anhelaba la dulzura del polvo del camino, el traquetear de sus pertenencias contra la espalda. Echaba en falta el dolor de los pies, el cansancio y el regocijo del transcurrir.

Un buen día, el (de nuevo) viajero volvió a partir. Esta vez salió solo, sin otra compañía que sus pensamientos. Suerte que tenía muchos bolsillos en los que rebuscar, en los que encontrar algo para roer mientras caminaba sin cesar.

En su nueva travesía tropezó muchas veces, pasó hambre y sed. Se hirió de mil maneras distintas y enfermó de gravedad.

Aún convaleciente de su último desfallecimiento, se perdió.
No por tomar un camino equivocado. ¿Quién puede equivocarse cuándo no hay destino?. Ni siquiera fue por tomar una senda angosta. Ni oscura, ni siniestra, ni solitaria. El camino era como siempre, igual de atractivo y solitario.

Lo que pasó fue que, de entre sus muchos bolsillos encontró el pasaje hacía si mismo. Y ese era una senda que nunca había querido hacer. Era su mayor reto, su temor más secreto. ¿Y si el final no era precioso? ¿Y si el viaje no era agradable? Es más, se decía el viajero, ¿Qué pasaría si este camino no tiene final? 

En estas estaba el viajero cuándo se perdió. Caminó largo y tendido, día y noche sin descanso. Y por mucho que lo intentara, no encontró la manera de volver sobre sus pasos. Estaba perdido.
Perdido y hambriento, y sediento. Y solo.
Ese camino no tenía árboles, no había parajes en los que descansar. Ningún animalillo salió a su encuentro, no corría el viento.

Tras muchos años, nuestro protagonista ya se había acostumbrado. Dejó de comer y beber, de dormir. Dejó de buscar la manera de volver atrás y se propuso solo una cosa: avanzar. Seguir caminando. Seguir adelante, moverse.

Aprendió a no sentir las piedras bajo sus pies desnudos (sus botas ya no merecían tal nombre), a caminar sobre los helados lagos del lugar.
Aprendió a no escucharse, puesto que allí el único sonido era su propia voz. Incluso llego a dejar de hablar, y eso lo desaprendió.

Y camino. Caminó años y años, épocas enteras.

Una eternidad había pasado ya cuando el eterno viajero volvió a sentir algo. Fue algo breve, ínfimo.

Aunque el hambre y la sed era heridas que nunca cerraban y la soledad era su fiel compañera; y aunque los pensamientos habían sustituido al viento de los otros caminos y ya no tenían público; aún con todo algo consiguió crecer hasta que el viajero lo notó: curiosidad.

- ¿Qué es este camino? ¿Porqué sigo caminando? ¿Porqué todo lo que veo es tan yermo y solitario? ¿Dónde están los mosquitos que todo camino ostenta? ¿Y el viento? ¿Y la brisa, el aire, el soplido de Eolo?

Días tras día se hacía la misma pregunta: "¿Porqué?". Y noche tras noche seguía sin respuesta. Año tras año, eternidad tras eternidad. Y siempre sin respuesta.

Ya muy, muy lejos del punto de partida, un buen día el viajero se detuvo. Se sentó en el árido suelo bajo ninguna sombra de ningún árbol. Y empezó a hablar.

Aunque como lo había olvidado, tardo otros muchos años. Siempre sentado en el mismo sitio, empezó a volver a pronunciar. Primero su nombre. Luego su edad, aunque eso le llevó otra eternidad.
Así transcurrieron muchas eras, aunque al final lo consiguió.

Una vez pudo hablar otra vez, empezó a gritar. Y bien fuerte y alto que gritó.
- ¡Ayuda! ¡Me he perdido! ¡Quiero salir de aquí! - clamaba al cielo.
Y gritó y gritó, mas nadie respondía.

En algún momento el grito se volvió en un susurro, casi inaudible. Solo él se oía, solo él se respondía con otro susurro .
- ¿Porqué? - Preguntó casi sin pronunciar las sílabas, apenas un pensamiento furtivo escapándose por entre sus dientes.

Y aunque esa pregunta fue inaudible, una luz apareció a lo lejos. Y aunque cansado, el viajero corrió tras ella, pero ésta desapareció.
- ¡No te vayas!
La luz no volvió a aparecer.

Suplicó, rogó e incluso amenazó, pero nada tenía efecto. Hasta que, desesperado, volvió a preguntar. Y de nuevo, aunque todavía lejana, el haz volvió a brillar.

Entonces volvió a preguntar. Una y otra vez, sin cesar. Y aunque corría y corría, nunca estaba más cerca.
- ¿Porqué me pasa esto a mi?
Por fin la luz avanzó hacía él.

Años tardó en comprender que solo las preguntas sobre el mismo la acercaban. Y tras muchas preguntas, empezó a responder algunas de ellas. Y entonces algún árbol aparecía en yermo camino.

Poco a poco el verde pobló el horizonte, y la luz estaba cada vez más cerca.
Después de millones de años, el viajero durmió.
Y entonces soñó.
Y en el sueño nuevas preguntas acudían a el.
Cuándo despertó, éste se las hacía a la luz, y luego las respondía. Pareciera como si solo en el abrazo de Morfeo la luz pudiera ayudarle. Y así era.

Y así pasaron años y años. El camino cada vez más hermoso, otra vez con aire y animales. Y aunque molestos, el viajero amó a los mosquitos cuando éstos volvieron.

Y aunque ahora ya no quiera caminar por otro camino, él siempre buscará la luz que tan amablemente acudió a su encuentro.
Porque le debe tanto y sabe tanto él ...

Todavía el viajero camina, aún buscando el camino de regreso. Ahora no porque quiera, sino porque su anhelo es encontrar a esa increíble luz para agradecerle su compañía y ayuda.
Porque la necesita tanto...

El viajero,
Pau

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Se prudente, se valiente, se inteligente.